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lunes, 27 de febrero de 2023

Sobre la idiotez - Mario Caponnetto & Antonio Caponnetto

  

En Cabildo, de julio del 2008, mi hermano Mario Caponnetto escribía un artículo titulado “La Idiota Cristina”(cfr.http://elblogdecabildo.blogspot.com/search?q=La+idiota ). Seis años después, seguramente bajo el influjo benéfico del magisterio fraterno, yo escribí lo mío. Fue en el n° 110 de Cabildo, publicado en noviembre de 2014 (cfr. ibídem), en un Editorial que titulé “La idiota”, a secas.

Comprenderá el lector que si vuelvo sobre ambos textos ahora, no es por pretender ninguna actualidad fáctica, de inexorable fluidez, sino una validez conceptual de carácter perenne.

 

 

LA IDIOTA CRISTINA

Por Mario Caponnetto

 

Idiotas eran los de antes. En nuestros días, según la última edición del Diccionario de la Real Academia Española, la palabra “idiota” significa, en su primera acepción, “el que padece de idiocia”; idiocia, a su vez, es el nombre técnico con el que en Psiquiatría se designa el grado máximo de debilidad mental congénita. Hay tres acepciones más: “engreído, sin fundamento para ello”; “tonto, corto de entendimiento”; “que carece de toda instrucción”. Dejando, pues, aparte la primera y más propia de las acepciones (que sólo puede movernos a la conmiseración de estos pobres enfermos), el término “idiota” se usa de modo peyorativo para descalificar a alguien tildándolo de fatuo, tonto, torpe, indocto, etc.

Pero los idiotas de antes no eran así. En efecto, idiotes, la palabra griega que dio origen al castellano idiota proviene de la raíz idios que quiere decir personal, privado, particular, propio. La palabra idioma, por ejemplo, reconoce este origen pues designa la forma particular de hablar de un determinado grupo, pueblo o nación.

Idiota designaba, también, originariamente, lo que hoy llamamos ‘lego’, alguien ajeno a una determinada profesión o grupo social o, simplemente, un hombre común. Posteriormente, gracias a la continua evolución que sufren las palabras, este significado se fue particularizando para referirse exclusivamente a una persona que no tiene ningún oficio especializado ni conoce ningún arte, y por esta vía se fue aproximando cada vez más al significado de persona ignorante y, más adelante, se usó para referirse a las personas desprovistas de inteligencia.

Pero volvamos al principio. Idiota era, simplemente, aquel que sólo se preocupaba de sí mismo, como encerrado en sí mismo, con una incapacidad, de hecho absoluta, de emerger de su soledad y solipsismo. La idiotez, en el fondo, era algo parecido a un cierto autismo como decimos hoy. El idiota resultaba, de este modo, la antítesis del hombre público, preocupado por los asuntos políticos. Entre los griegos y los romanos la vida pública competía al verdadero ciudadano, al hombre eminente; de allí que los idiotas permanecían, de hecho, excluidos de la Polis o Civitas y, por ende, desprovistos del honor y la honra del hombre público. Los estoicos, por su parte, veían como una obligación del hombre sabio ser un ciudadano, un hombre público; por esta razón despreciaban a los epicúreos para quienes poco valía e interesaba la vida política.

Por eso es importante conocer el origen de las palabras para aplicarlas con propiedad. En este sentido, nos animamos a afirmar que la Sra. Presidenta de la Argentina es una idiota. Pero no, desde luego, una idiota de las de ahora sino de las otras, de las de antes. Pues en este noble y arcaico sentido la palabra idiota nos parece la más adecuada para designar las actitudes y el talante de nuestra Primera Mandataria.

La Sra. Presidenta, en efecto, no tiene el menor signo de padecer la penosa y temible enfermedad de la idiocia. Por el contrario, se la ve vivaz, aguda por momentos, y su coeficiente intelectual parece corresponder al promedio normal (aunque exhibe una cierta tendencia al pensamiento abstracto en detrimento de aquella facultad conocida como razón particular o cogitativa de neto predominio en el “género” al que pertenece con tanto garbo nuestra magistrada). Tampoco puede decirse de ella que sea tonta o carente de entendimiento o de instrucción; aunque cierta dosis de engreimiento parece aproximarla a una de las modernas acepciones de la idiotez; pero no viene al caso.

Entonces ¿por qué decimos que es idiota a la antigua, a la vieja usanza? Porque contrariamente a lo que puede suponerse, habida cuenta del cargo que ocupa, Doña Cristina no tiene nada que ver con el hombre público, interesado en los graves asuntos de la Polis, con el ciudadano (o ciudadana) abierto a las preocupaciones de la comunidad. Por el contrario, vive en un coto ideológico, cada vez más estrecho, confinada en los pequeños límites de un entorno doméstico dominado por un cónyuge arbitrario y caprichoso, dueño de una mirada oblicua, propenso a la iracundia y al berrinche fácil. Lo grave es que nuestra Cristina supone que este espacio doméstico, tan pobre cuan insano, ese mundo tan suyo y privado, es el país real al que le toca gobernar. He aquí su drama y el drama de la pobre Argentina.

Esa y no otra es la razón por la que, en estos días aciagos, se la ve más despistada y más fuera de la realidad que “piojo en peluca”, según la gráfica expresión de un amigo español, radicalmente ajena a los graves asuntos del Estado y a la tumultuosa realidad nacional. Pues solamente así se explica que a pocas horas de sufrir la más contundente derrota política en el Senado, tras cuatro meses de agitación social y derrumbe económico, Cristina se enfunde en uno de sus vistosos atuendos, vuele a inaugurar las obras de un módico aeropuerto de provincias, exhiba ante las cámaras un rictus psicofarmacológico a modo de sonrisa y, encaramada en una tarima rodeada de unas decenas de obsecuentes, deslice “cuchufletas” (como solía decir una vieja mucama) contra los “traidores” y los lentos de espíritu que no entienden que ella, la Gran Cristina, ha recibido, a modo de revelación, el mensaje de las últimas elecciones y que, cual nueva encarnación de Moisés, ha sido destinada por la divinidad democrática a conducirnos a la tierra prometida del progresismo setentista.

“No entienden, ya entenderán, ya entenderán…” repetía con su sonrisa de falsete y su voz un tanto afónica. No hay caso, nuestra Cristina es irremediablemente idiota: padece una antigua, arcaica y veterana idiotez. Lo cual, puesto siempre cuanto decimos en términos antiguos, no sería malo pues, después de todo, los idiotas son parte de este mundo. Pero en aquellos viejos tiempos las cosas eran distintas.

Así, por poner un ejemplo, Don Enrique de Villena, en el libro que escribió sobre El arte de trobar o de la Gaya Sciencia, nos describe como eran aquellos concursos de arte y teología donde los sabios discurrían y juzgaban acerca de temas graves y profundos y premiaban los ingenios: “En el público congregávanse los Mantenedores, e Trobadores en el Palacio; e Don Enrique partia dende con ellos, como está dicho, para el Capítulo de los Frailes Predicadores; e colocadas, e fecho silencio; yo les facia una Presuposicion tocando las Obras que ellos avian fecho e declarando en especial quál dellas merecia la Joya: e aquella la traia ya el Escrivano del Consistorio en pergamino bien iluminada, e encima puesta la Corona de oro, e firmávalo Don Enrique al pie: e luego los Mantenedores: e sellávala el Escrivano con el Sello pendiente del Consistorio: e traia la Joya ante Don Enrique: e llamado el que fizo aquella Obra, entregávale la Joya, e la Obra coronada por memoria, la qual era asentada en el Registro del Consistorio, dando autoridad, e licencia para que se pudiese cantar, e en público decir.

“E acabado esto, tornávamos de allí al Palacio en ordenanza, e iva entre dos Mantenedores el que ganó la Joya e llevávale un mozo delante la Joya con Ministriles, e trompetas: e llegados a Palacio, hacíales dar confites, i vino: e luego partian dende los Mantenedores, e Trobadores con los Ministriles, e Joya, acompañando al que la ganó fasta su posada: e mostrávase aquel aventage que Dios e Natura ficieron entre los claros ingenios, e los obscuros. De donde parece que aventage viene del vocablo italiano avante. E no se atrevian los Ediotas.” Lo malo es que ahora los ediotas se atreven a todo.

 

 

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LA IDIOTA

Por Antonio Caponnetto

 

Si de alguna precisión terminológica nos valemos, la palabra idiota tiene la suya, y se remonta a las fuentes lingüísticas de la vieja Hélade. De acuerdo con las mismas, parece ser que el término comenzó designando al sujeto egoísta, en quien los negocios particulares superaban a las preocupaciones por la polis o simplemente por el prójimo. El provecho privado era el centro de sus intereses y el bien común le era ajeno.

El idiota, en suma, resultaba ser un ignorante de lo esencial y un desdeñador de lo perenne; y resultaba a la par, y en consecuencia, un espíritu tosco e indocto apegado a las satisfacciones de sí mismo y al mundillo de lo trivial. Era, además, no propiamente un iletrado, pero sí un personaje impío cuanto plebeyo. Su peligrosidad —evidente otrora y ahora—se acentúa y se subraya si por algún arcano el idiota pasara a ocupar funciones o cargos de pública responsabilidad.

Encabalgada en la semántica, la psicopatología hizo lo suyo, llamando idiota al que padece un retraso mental, con otros tristísimos rasgos asociados: la desmemoria, el enanismo y el cretinismo, por citar los más desgarradores y también los más simbólicos. No hizo falta que el vulgo leyera a los grandes tratadistas de semejante mal para aplicar el término a quien popularmente cuadrara, según el sentido común. Pero por si acaso todo el mundo creyera saber lo que es un idiota, no está de más recordar estas precisiones que proceden de la política primero y de la ética y la psiquiatría después.

Se hacía necesario el introito, porque a raíz de que el abyecto Mauricio Macri premiara como personaje destacado de la cultura a un multimediático degenerado, otro de su misma laya —con diferencia de crines y de lípidos, conste— ha invitado a un colectivo rasgamiento de

vestiduras aduciendo que se premiaba a la idiotez; y que él —como filósofo oficial del kirchnerismo— no lo podía permitir sin imprecaciones y vagidos múltiples. El espectáculo protestatario de José Pablo Feinmann, el zaparrastroso sofista cristínico, desgranando sus lamentaciones ante el vejamen al pensamiento que acababa de perpetrarse, compitió en paridad de impudicia con el bailongo de la gárgola, cuya especialidad convirtió en denostable premiado a quien hasta ayer nomás era un socio activo y rentable del modelo nacional y popular. Dos obscenidades confrontaban así su valía, en una puja de testas que semejan trastes y de glúteos que ofician de mollera.

Lo cierto es que, por el camino trazado por las nobles etimologías, nada más idiota que este gobierno y la señora que lo encarna y ejecuta.

Hundir a la patria en el flagelo de la inseguridad y de la indefensión; humillar su señorío económico formando parte activa y lacayuna del mismo buitrismo que se declama combatir; perseguir a la fe católica y adulterarla luego en un trasvasamiento papolátrico oportunista; distorsionar el pasado y envasar al vacío la realidad presente; enajenar la soberanía política en un alineamiento atroz con el castro-chavismo; promover la contranatura del modo más insistente y aborrecible; fomentar la inmoralidad de las costumbres, arrancar los últimos vestigios del derecho natural y cristiano, propender a la guerra social continua, abrir las puertas a los delincuentes y encerrar de modo inicuo a los que combatieron al marxismo, sin más distinciones que las antojadizas sentencias de jueces serviles; glorificar al terrorismo setentista, trocando en próceres a los homicidas seriales; todo esto y un larguísimo recuento de iniquidades que podrían seguirse sin pausas, no constituyen lo peor del kirchnerismo. Lo que es mucho decir.

Lo peor —y he aquí el por qué llamamos con propiedad, idiota, a quien tamañas ruindades moviliza— es que estas desventuras públicas ilimitadas corren paralelas al enriquecimiento privado, al beneficio familiar, a los privilegios parentales, a las prebendas repartidas entre hijos y entenados, al latrocinio insaciable, al éxtasis de las cajas fuertes acumuladas en las mansiones del clan, a incontables actos de piratería consumados para la propia corona: la de la dinastía Kirchner, de la que algún día, no muy lejano, los verdaderos historiadores usarán inexorablemente como sinónimo de rapiña, codicia y estafa.

Ya que a los griegos mentamos en el origen de estas líneas, con los griegos cerremos. Del canto noveno de la “Odisea” es la referencia a los lotófagos, o comedores de loto; un pueblo desdichado del nordeste africano que por tener al mencionado alimento como ingesta excluyente había terminado por perder la memoria. Lo peor es que los hombres de Ulises, a fuer de compartir tan irrecomendable vianda, acabaron por olvidarse hasta de la misma patria a la que regresaban y del deber del retorno anhelado; si bien pronto halló el héroe cómo paliar tamaña amnesia, con la fuerza de su mando justiciero. También Herodoto, en el libro cuarto de sus “Historias”, refiere la existencia de esta raza dada al olvido y al exilio de la retentiva.

Que no nos suceda lo que a los lotófagos. Guardemos en la memoria los males de la idiotez hoy dominante y devastadora, para impedir que se repitan y, si fuera posible, para ponerles bozal y freno. Guardemos a la par en la memoria todo aquello que merezca ser evocado y convocado, por la potencia de su espíritu verdadero sin mancilla, y bueno sin fisuras y bello sin máculas ni arrugas. Entonces, como Ulises y sus navegantes, hallaremos el camino de regreso que conduce a la patria postergada.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Carta abierta a Santiago Cafiero – Dr. Mario Caponnetto

 

Mar del Plata, 18 de agosto de 2020

 

Sr. Jefe del Gabinete de Ministros de la Nación

D Santiago Cafiero:

 

En el día de ayer, 17 de agosto, trascendieron unas declaraciones suyas sobre la multitudinaria marcha que millones de argentinos protagonizaron en protesta contra el gobierno que usted integra. De acuerdo con los medios usted se dirigió a los médicos para pedirles perdón por no haber podido evitar la marcha que, según sus cálculos, nos ha puesto a todos en un grave riesgo de contagio del virus SARS -CoV- 2.

Soy médico con cincuenta y cuatro años de profesión. He ejercido la medicina, de joven, en el interior profundo de la patria; luego en centros hospitalarios prestigiosos de nuestro país. A lo largo de este dilatado tiempo pude comprobar, año a año, la decadencia del sistema de salud de la Argentina, cada día más ineficiente gracias a la incompetencia y a la corrupción de todos los gobiernos que hemos padecido, particularmente de los que han pertenecido o pertenecen al partido político que usted representa. Esta ineficiencia ha costado y cuesta vidas.

Por eso, no me tiene que pedir perdón a mí, señor Ministro. Pídale, en primer lugar, perdón a Dios por ser parte de un gobierno que promueve el aborto, la anticoncepción masiva y la hormonización de niños según los dictados de la ideología de género.

Después pídale perdón a los argentinos por faltarles el respeto, por haberlos encerrado durante cinco meses por la única razón de no tener un sistema sanitario preparado para una emergencia: es que su gobierno, Sr. Ministro, y los que le precedieron, se dedicaron, e insisto en el punto, a hacer abortos, repartir misoprostol y, siguiendo los dictados de los organismos internacionales, promover los tratamientos de cambio de sexo hasta el abominable extremo de hormonizar niños.

Es a ellos, Sr. Ministro, a quienes debe pedir perdón.

Y que Dios y la Patria lo perdonen.

 

 

Mario Caponnetto

Médico

MP Nacional 31509

 


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


miércoles, 19 de febrero de 2014

El grave caso del Profesor Roberto de Mattei - Por Mario Caponnetto


UNA ANTICIPACIÓN DE CABILDO nº 107


  El nº 107 de la revista Cabildo saldrá a la calle aproximadamente en unos 10 días. Habiéndonos enterado por él de la existencia de una nota que saldría en dicho número, y que reviste interés para nosotros, le hemos pedido autorización para publicarla a modo de anticipo. Aquí va:


SOLIDARIDAD CON EL PROFESOR ROBERTO DE MATTEI

            El artículo que leeremos a continuación no necesita introducciones ni agregados. Todo lo explica y lo aclara con nitidez. Si me permito estas líneas preliminares es por un triple motivo.

            El primero, una deuda de gratitud pesonal hacia el ilustre Profesor De Mattei. En efecto, a pesar de no conocernos, él ha tenido la deferencia de citar mi libro “La Iglesia traicionada” en la que entiendo es su última y valiosa obra, Vicario di Cristo. I primato di Pietro tra normalitá ed eccezione, Verona, Fede & Cultura, 1983. Este libro mío, en el que desenmascaro con dolor los múltiples y funestos desvaríos del Cardenal Bergoglio, ha tomado –para mí, al menos- un trágico carácter anticipatorio. Silenciado en mi patria, y aún “castigado” por haberlo escrito, y hasta convertido en ocasión de prudentes tomas de distancia de algunos supuestos amigos, ha sido un extranjero el que ha tenido la bondad de recordar su existencia, desde el centro mismo de la  Cristiandad, Italia.

            El segundo motivo por el que interfiero con estas líneas previas es porque el gesto valeroso del Prof. Di Mattei – por el que fue expulsado de Radio María, como bien se explica en la nota que continúa estos párrafos- no puede quedar sin una solidaridad manifiesta, sin un apoyo explícito, sin un abrazo, siquiera en la lejanía, que contenga todo el aliento y toda la admiración que se le debe a quien se convierte en testigo de la Verdad. Bienaventurados los que son perseguidos por causa de su fidelidad a la Cruz; y desdichados aquellos –ostenten las jerarquias que ostentaren- que deambulan de traición en traición y de heterodoxia en heterodoxia.

            Al fin, entiendo que el tercer motivo para intervenir como anfitrión de esta valiosa y entrañable nota fraterna, es para alentar a los débiles, que son muchos, a los pusilánimes que abundan, a los cómodos distraidos que acrecen y a los aquiescentes que sabiendo todo,callan, a que consideren seriamente la posibilidad de hablar sí,sí;no,no, en esta hora trágica para el Papado y, por ende, para la Iglesia:Nuestra Santa Madre.

                                                                      Antonio Caponnetto

                                                                           ººººººººººººº
El grave caso del Profesor Roberto de Mattei
 Por Mario Caponnetto

Roberto de Mattei es, sin lugar a dudas, uno de los más lúcidos y brillantes intelectuales católicos italianos. Especializado en historia, catedrático de vasta trayectoria académica en diversas universidades europeas, no ha descuidado el ejercicio del periodismo en el que vierte con regularidad sus acertadas reflexiones acerca de los acontecimientos del mundo y de la Iglesia, reflexiones signadas siempre por un profundo sensus fidei. Es así que hasta el pasado 13 de febrero, de Mattei estaba a cargo de un programa radial mensual, Radici Cristiane, emitido por Radio María, en Italia. Pues bien, he aquí que desde la mencionada fecha los oyentes italianos se ven privados de oír la voz del Profesor de Mattei porque, sencillamente, el Director de Radio María, el sacerdote Livio Fanzaga suprimió el programa y removió a su conductor. ¿La causa de tan grave medida? Un artículo publicado por de Mattei, en su portal Corrispondenza Romana, el 12 de febrero pasado bajo el título Motus in fine velocior. Según Fanzaga, de Mattei, en el mencionado artículo, habría acentuado “su posición crítica respecto del Pontificado del Papa Francisco”. “Estoy muy disgustado -prosigue Fanzaga en la carta personal enviada al Profesor- y hubiera deseado que Usted pusiese su gran preparación cultural al servicio del Sucesor de Pedro. Usted comprende, querido Profesor, que su posición es incompatible con la presencia en Radio María la que, en sus principios guías, prevé la adhesión no sólo al Magisterio de la Iglesia sino, además, el apoyo a la acción pastoral del Sumo Pontífice”. Añade, enseguida, que “por deber de conciencia debo suspender la transmisión mensual, en tanto le agradezco también en nombre de los oyentes por el empeño puesto, a título voluntario, en la búsqueda de las raíces cristianas de Europa”.

Sorprende la extrema gravedad de las razones aducidas por el sacerdote Fanzaga. ¿Qué puede, en efecto, ser más grave para un intelectual católico que ser removido de una actividad apostólica nada menos que por su falta de fidelidad al Sucesor de Pedro? Pero, ¿es así?

De la lectura del mencionado artículo (y la de otros textos de de Mattei que hemos tenido ocasión de leer) no surge en absoluto el menor indicio que pueda dar sustento a las razones de Fanzaga. De Mattei es un laico católico que en uso de la legítima libertad de los hijos de Dios ha tenido el coraje y la lucidez de expresar sus graves preocupaciones por la situación actual de la Iglesia particularmente a partir de la desgraciada renuncia de Benedicto XVI de la que se ha cumplido un año en estos días.

En el artículo cuestionado, de Mattei en ningún momento ofende la figura del Santo Padre ni emite juicio alguno que pueda computarse como una falta de fidelidad a la Cátedra de Pedro. Por el contario, desde una fe acendrada e ilustrada, alerta acerca de ciertas tendencias y prácticas supuestamente pastorales -muy presentes y activas a partir de la elección del Papa reinante- que podrían, de hecho al menos, ponernos al borde del cisma y aún de la herejía. Se refiere, particularmente, a los más que visibles intentos de ciertos sectores eclesiales en orden a permitir la comunión a los divorciados y de “flexibilizar” la moral católica (básicamente en temas de moral sexual y familiar) considerada como “rígida” y “desactualizada”. Son esos sectores lo que promueven una “adaptación” de la Iglesia a la sociedad contemporánea que, de llevarse a cabo, significaría, lisa y llanamente, la destrucción de la Fe. Subraya, también, de Mattei la paradoja de que mientras Cristo y la Iglesia son el blanco de una feroz persecución por parte del mundo actual, especialmente en una Europa descristianizada y apóstata, ese mismo mundo rinde homenaje al Papa Bergoglio y lo proclama “el hombre del año”. Todo esto en un proceso de franca aceleración de los tiempos a la que alude, precisamente, el título de la nota. Lo dramáticamente ausente hoy, concluye de Mattei, “es el espíritu intransigente y sin compromiso de los santos”. Por eso, “urge una acies ordinata, una armada pronta a entrar en batalla que empuñando las armas del Evangelio anuncie una palabra de vida al mundo moderno que muere, en vez de abrazarse al cadáver”.

Nada, pues, que roce ni de lejos la fidelidad y la lealtad al Papado. Tal como lo expresa el mismo de Mattei en su respuesta a Fanzaga, “La devoción al Papado constituye parte esencial de mi vida espiritual. Pero la doctrina católica nos enseña que el Papa es infalible sólo en determinadas condiciones y que puede cometer errores, por ejemplo, en el campo de la política eclesiástica, de las opciones estratégicas, de la acción pastoral y hasta del magisterio ordinario. En este caso no es un pecado sino un deber de conciencia para un católico remarcarlo siempre que lo haga con todo el respeto y el amor que se debe al Sumo Pontífice. Así hicieron los santos que deben ser nuestros modelos de vida”.

Ante estas razones tan exactas y ponderadas, el Director Fanzaga responde, a su vez, con estas extrañas palabras: “Agradezco su respuesta. Su artículo me fue señalado por algún oyente que lo sigue. Ciertas decisiones se toman con sufrimiento. Es mi firme convicción que la Iglesia pueda salir de su actual tribulación siguiendo a la Virgen y al Papa. Como nos enseña Benedicto XVI, esta es más que nunca la hora de la oración”.

Resulta poco creíble  que la sola advertencia de algún oyente haya interpelado la sensible conciencia del padre Fanzaga obligándolo, no sin gran sufrimiento, a adoptar decisión tan extrema. Más bien es lícito sospechar que se trató, en realidad, de alguna presión, o una orden, de “lo alto” y que el bueno de Fanzaga no tuvo más alternativa que ejercer el triste papel de verdugo. También sorprende que Fanzaga admita que la Iglesia se ve hoy envuelta en tribulaciones de las que sólo puede salir con el auxilio de María y la guía del Papa. Pero, ¿no son, acaso, esas mismas tribulaciones actuales de la Iglesia las que desvelan y preocupan al Profesor de Mattei? ¿No es el honor y el triunfo del Corazón Inmaculado de María la cifra de su esperanza como taxativamente lo enuncia en el cierre de su cuestionado artículo? ¿No es al Papa, en última instancia, a su autoridad magisterial, a las que sirve con total fidelidad y lealtad que no es, precisamente, la cómoda obsecuencia de quienes no ven o no quieren ver que vivimos una hora de tribulación? ¿Qué es lo que, en definitiva, molesta? ¿Acaso el sí, sí, no, no del Evangelio?

Lo que fastidia, lo que no se tolera, es la vox clamantis in deserto que movida por la Fe advierte, amonesta, denuncia, exhorta, señalando con ponderación y respeto lo que ya no es posible disimular ni soslayar. No se tolera a quien se alza en defensa de la Fe recibida y que ha de ser custodiada sin mancilla hasta el fin de los tiempos. Se aplaude, en cambio, y se alienta, no sólo la insoportable imbecilidad de quienes proclaman imaginarias primaveras de la Iglesia sino, y esto es más grave, la cháchara anacrónica de los modernistas, las gastadas fórmulas de los “teólogos de la liberación” salidos como espectros de los sepulcros postconciliares, la retórica marxistoide de las comunidades eclesiales de base bendecidas desde Roma… Todo se tolera mientras se acompañe de alguna adecuada dosis de obsecuencia, que no de obsequio, al Papa.

El episodio del Profesor de Mattei es grave y repudiable. No es el único, ciertamente, sino que se suma a otros similares y revela  una vez más, que en la Iglesia de hoy los únicos reducidos al silencio son quienes defienden la Fe; los únicos, además que, permanecerán, fieles y obedientes,  junto al Santo Padre cuando el mundo que ahora lo adula y alaba acabe por abandonarlo. Pusillus grex.


Es esta, más que nunca, la hora de la oración, escribe el Padre Fanzaga. De acuerdo. Pero es también la hora de defender la Fe amenazada y de respetar la legítima libertad de aquellos que, como el Profesor de Mattei, tienen no sólo la capacidad intelectual sino también la incuestionable autoridad moral para hacerlo.

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